























Siempre fui una niña curiosa y observadora, que aprendió muy pronto que el entorno moldea nuestra forma de estar en el mundo. Crecí en un contexto familiar complejo, donde la inestabilidad y la incomprensión era parte del paisaje. Aquellas experiencias despertaron en mí la necesidad de comprender qué ocurría a mi alrededor y, sobre todo, de aprender a construir una vida diferente a la que heredamos: una vida con bienestar, estabilidad y propósito.
Aunque fue un camino difícil, hoy sé que esas experiencias son la base de quien soy. Quizá por eso tengo una sensibilidad especial para entender el dolor de las personas y acompañarlas en sus procesos. Vivirlo en primera persona me hizo conocer los beneficios de la terapia: no solo como un lugar para aliviar el sufrimiento, sino como un espacio de aprendizaje, crecimiento y reconstrucción hacia la vida que siempre soñé. Por eso, la terapia se convirtió así en mi camino para dar sentido a lo vivido, transformar el dolor en aprendizaje y, ahora, acompañar a otros a hacer lo mismo.
A lo largo de este viaje aprendí el valor de nuestra capacidad creativa y que la resiliencia no es solo resistir, sino la capacidad que tenemos para tomar decisiones valiosas, incluso en presencia del dolor. Por ello, convertirme en la mujer que soy y no en la que mi historia me empujaba a ser, fue el proyecto más importante de mi vida.
Mi historia me enseñó que el cambio es posible y que la psicología puede ser una poderosa aliada para lograrlo. Hoy dedico mi trabajo a acompañar a quienes buscan bienestar y una vida más coherente con lo que realmente valoran. Porque yo también he estado ahí, y también sé que es posible superarlo y construir una vida más plena, equilibrada y con sentido.























